SUCEDIÓ EN BROOKLYN

SUCEDIÓ EN BROOKLYN

Es 1928 en Brooklyn. Detrás del mostrador de la tienda de caramelos hay un muchacho de ocho años. Tiene cara de simplón, pero un brillo especial en la mirada. Levanta con desgana la vista al escuchar las campanillas de la puerta que anuncian la llegada de un cliente.  Ese anciano que entra tan despacio acaba de interrumpirle la lectura de Amazing Stories en el mejor de los momentos.

­ꟷHola, muchacho ꟷdice el anciano cuando por fin llega al mostradorꟷ, buenos días. Veo que tienes un buen surtido de revistas. ¿Te queda el último número de Amazing? Llevo un par de horas caminando y allá donde he preguntado está agotado. 

Al joven Isaac casi se le empañan los ojos. Está leyendo el último ejemplar que quedaba a la venta. Pero esa tiendecita y las escasas ventas son el único sustento de la familia. Estoico, cierra la revista y se la acerca a Serviss.

ꟷTenga ꟷdice impávidoꟷ. Sólo estaba hojeándola. Está intacta.

ꟷ¡Caramba! -dice el ancianoꟷ. Tal vez querías leerla tú.

ꟷLos cuentos de Gernsback me fascinan. Pero mi misión es vender la revista, no leerla. ¡Bueno es mi padre para eso!

ꟷ¡Ah, Hugo Gernsback! Qué buen tipo.

ꟷ¿Cómo? ¿Lo conoce? ꟷal pequeño Asimov le parece imposible que alguien que pise el suelo de Brooklyn pueda conocer a Hugo Gernsback, el demiurgo de historias tan colosales.

ꟷSí. Lo he tratado bastante. Ha sido mi editor, ¿sabes?

El niño, paralizado, se da cuenta de que está ante un escritor. O ante un charlatán, se replica a sí mismo al momento. Puede más su espíritu crítico que su credulidad. Y, mirando ceñudo, dice:

ꟷNo tiene usted pinta de escritor. Sólo es un anciano.

Serviss se ríe con ganas durante un buen rato.

ꟷTienes razón, muchacho. Tengo ya setenta y siete años, así que ya sólo soy un anciano que viste a la antigua. Mira, vamos a hacer una cosa. Voy a comprarte la revista y, acto seguido, te la voy a regalar, para que puedas seguir leyendo al bueno de Hugo.

Isaac da un respingo. Demonios, seguro que a su padre no le importará. Si el cliente la ha pagado podrá hacer con ella lo que le dé la gana. Será la primera revista que posea.

ꟷMuchas gracias, señor…

ꟷGarrett Serviss.

ꟷMuchas gracias, señor Garrett Serviss.

Isaac goza de una memoria prodigiosa y envidiable, casi eidética, porque no sólo tiene un cerebro bien amueblado, sino también unas neuronas jóvenes. Ese nombre nunca caería en el olvido.

Apenas unos años después, cuando el anciano ya había muerto y el muchacho se había convertido en un joven inquieto, conoció la obra de Serviss, su vecino de Brooklyn, que tan inopinadamente había entrado en su tienda aquel día de otoño. Isaac Asimov, evocando la escena, se convenció de que él mismo, un joven que pisaba el vulgar suelo de Brooklyn, podría convertirse en divulgador científico y escritor de ciencia ficción, como había logrado hacer aquel anciano con su vida. Y que tal vez, un día, él también se convertiría en un viejecito inspirador que irrumpiría en la mente tierna pero atenta de algún muchacho, en Brooklyn o en cualquier otro lugar del ancho mundo.

Y, de la mano de ese pensamiento, escribió a Campbell para enviarle su primer cuento.


Serviss vivió en el número 8 de Middagh Street y Asimov en el número 651 de Essex Street, ambos en Brooklyn, a unas buenas dos horas de paseo. Serviss, quien había reeditado parte de su obra en la Amazing Stories de Hugo Gernsback en los años veinte nos dejó en 1929. Isaac Asimov, nacido en 1920 y llegado a Estados Unidos en 1923, cuidaba largas horas de la tienda familiar de caramelos, al lado de su casa, mientras leía, con mayor o menor descaro, las revistas pulp que vendía. Más tarde, Asimov inspiraría a generaciones de jóvenes con su trabajo. Realmente Asimov nunca mencionó a Serviss en sus memorias… tal vez decidió quedarse con este recuerdo sólo para sí.