Cosas de lo más variadas, casi siempre interesantes.
En las antiguas bibliotecas salían de los cilindros obras eruditas o fantásticas. Los cilindros se desenrollaban y hablaban a su manera. Aún no se les había ocurrido encuadernar, eso no llegaría hasta los códices, a partir del siglo I.

Los molinetes de oraciones de la cultura Heeche (lean Pórtico, de Frederik Pohl) no eran muy diferentes. Un extraño objeto cilíndrico sin explicación posible, inasequible y ubicuo. Hasta que descubrieron qué tenía dentro, y ¡vaya con lo que había!

La obra inaugural de la ciencia ficción moderna, entendamos en esto aquella primera que embutió de sentido de la maravilla a sus coetáneos, fue La Guerra de los Mundos. Cuando los cilindros cayeron a la Tierra todos sabían que algo iba a salir de ellos. Por eso se congregaron a observarlo. Y lo que salió los llenó de espanto, porque de los cilindros salen a veces cosas que te hacen correr.
Del cilindro, en cambio, a veces lo que inquieta es que no salgan cosas. Están dentro, estás seguro, pero prefieren quedarse ahí. Desde fuera nadie puede saber lo que hay dentro, sólo imaginarlo. Lo bueno y malo del cilindro es que su superficie lateral, un sencillo rectángulo si lo desplegamos, aísla el interior del exterior creando mundos disjuntos. Hay que abrir una puerta, una escotilla, una mirilla, lo que sea, mejor en una de sus bases, para ver qué hay dentro. Así les pasó en Cita con Rama. (También acabaron a la carrera).

A menudo las cosas no salen de los cilindros, sino que prefieren entrar. El cilindro de O’Neill está pensado para que entren muchas cosas dentro de él: ecosistemas enteros, que crean un mundo interior, una vida. Afuera está el espacio, con su vacío y sus embolias, su radiación mortal, su frescor a 2.7 ºK, mientras que adentro es primavera. Harry Haldeman creó Nueva Nueva York en su Mundos.


Y no siempre salen cosas. Muchas veces el cilindro se justifica sólo por su movimiento y tenacidad, cimentando nuestro apasionante mundo moderno.
A veces, en cambio, un cilindro nos demuestra sus propiedades con su estatismo. Es rotundo. No necesita tener nada dentro, ni que nada entre, ni que se mueva. De hecho preferimos que no se mueva. El cilindro ha sostenido nuestra civilización por milenios.

Del cilindro a veces sale agua dulce, o gas, o petróleo, sale mierda también. Nos trae suministros, conduce nuestros residuos. De millones de kilómetros de cilindro pende nuestro bienestar. Siempre cumplen, siempre entregan, no se quejan. El cilindro, durante más de cien años, entregó cartas de amor (y también avisos de embargo) por todo Paris.

El cilindro es un pasadizo a otras realidades. Asómense dentro, recórranlo. O si es pequeño, ábranlo, si saben cómo.

Pero tengan cuidado, también.


