¿Para qué estamos en el mundo, papá?

¿Para qué estamos en el mundo, papá?

Esta mañana, recién salida de la cama, con legañas y cara de preocupación, como si hubiera estado dándole vueltas a las cosas antes de levantarse, mi hija de seis años me ha preguntado:

ꟷPapá, ¿para qué estamos aquí?

ꟷAquí, ¿dónde? ꟷhe respondido, ya temiéndomelo.

ꟷ¿Para qué estamos en el mundo, papá?

Yo hago con mis hijos el papel de San Manuel Bueno, mártir. Manuel es en la novela un hombre falto de fe que trata de infundirla en otros porque lo considera esperanzador y más llevadero, para los demás, que no para él.

Le he hablado de ser feliz haciendo felices a los demás, le he hablado de Dios, que todo lo ve, le he hablado de ser bueno con los demás, le he hablado de la familia.

No he sentido más que insatisfacción en mi respuesta, tanto por su parte como por la mía. Así que, tras reflexionar sobre ello, he decidido que la próxima vez que me inquiera, que lo hará, le hablaré de lo más cercano a lo que creo: del Hacedor de Estrellas, según lo concibió Olaf Stapledon.

La vida es un capricho creativo del Hacedor de Estrelllas, quien apenas pone atención en ninguno de nosotros. Pero la vida no es desesperada. Podemos optar a construir en torno a nosotros una comunidad, basada en el amor, que nos trascienda. Eso nos da la oportunidad, en el devenir del Cosmos, de reunirnos con el resto de las islas que somos cada una de las criaturas vivientes en un todo mayor, que se supere y alcance relevancia para el Hacedor de Estrellas, al que algún día, quizá, podríamos optar a mirar a los ojos y, él, por su parte, a revelarse en la medida en que podamos comprenderlo.

Así ilustró el artista el encuentro, no del todo pleno, entre la Mente Cósmica y el Hacedor:

El Hacedor de Estrellas es un artesano que explora su capacidad intelectual y creativa, que observa sin juzgar sus infinitas obras, alumbradas con las limitaciones que sólo se autoimpone. Sus creaciones abarcan distintas dimensiones espaciales y temporales y son sucesivas a los ojos de un observador externo (que no puede existir) y coetáneas para el Hacedor.

Eso tan contemplativo, maravilloso y místico le contaré. Al menos hablaremos de galaxias, mezcladas con Dios.

No me mueve, mi Dios, para quererte,

el cielo que me tienes prometido;

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido;

muéveme el ver tu cuerpo tan herido;

muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, en tal manera

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No tienes que me dar porque te quiera;

porque aunque cuanto espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

                                               San Juan de Ávila (1500-1569)