Hay profesiones que no te harán rico, pero al menos te darán la satisfacción de que no pasaste ese rato fregando platos. La edición literaria amateur, sin embargo, pertenece a una categoría superior: la de las actividades que consiguen hacerte sentir generosamente retribuido por el mero hecho de no cobrarte por el privilegio de ejercerlas.
Cinco libros. Dos mil quinientas horas. Pestañas quemadas. Mil trescientos sesenta y dos dólares con setenta y nueve centavos. Lo dice con precisión descarnada el resumen de royalties de Amazon, que no miente. Tampoco miente la calculadora: 0,545 dólares por hora. Poco más de medio dólar. La espuma de un café con leche. El precio aproximado de una aceituna en un buen restaurante.
Para poner esta cifra en perspectiva conviene viajar. En Burundi, uno de los países con el salario mínimo más bajo del mundo, un trabajador gana en torno a 1,50 dólares al día. Nuestro editor aficionado —servidor—, con su medio dólar por hora y sus ocho horas de trabajo obsesivo sobre un manuscrito ajeno, se queda por encima, eso sí. En Sierra Leona, en Malaui, en la República Centroafricana —naciones que protagonizan sin descanso los rankings de pobreza global— un jornalero sin cualificación supera holgadamente la tarifa que exhibo con impudicia. La economía informal en un mercado en Agadez, Níger, país frecuentemente citado como el más pobre del mundo según el PIB per cápita, ofrece perspectivas laborales más prometedoras que las del mercado editorial para freakies hispanohablantes aficionados a la ciencia ficción clásica, lo que tampoco me parece mal.
Y sin embargo, el editor vuelve. Es contumaz. Corrige, pondera, reescribe notas al pie, discute comas con autores que duermen tranquilos hace un siglo. Porque hay algo que ningún salario mínimo africano puede comprar: la íntima convicción de que ese párrafo del capítulo tres, ahora sí, por fin, fluye.
El mercado lo llama explotación. Nosotros lo llamamos vocación. La diferencia, económicamente hablando, es nula.
Aquí los royalties históricos hasta hoy en un cómodo y desalmado Excel. Descague y disfrute de la miseria ajena:
