ASTOR. AHOGARSE SIN ASPAVIENTOS. 

ASTOR. AHOGARSE SIN ASPAVIENTOS. 

El pasajero más rico del Titanic, sin discusión, era John Jacob Astor IV. Autor de Un viaje a otros mundos, amigo y benefactor de Nikola Tesla, empresario e inventor, fue también un personaje de la alta sociedad neoyorquina. 

¿Qué hacía en el Titanic? Regresaba a Estados Unidos para que su esposa, embarazada, diera a luz a su hijo y que éste fuera un ciudadano americano de nacimiento. Tras un sonado divorcio se había casado el año anterior con Madeleine Force, una joven de sólo dieciocho años, lo que la hacía incluso más joven que su hijo mayor. Un escándalo en el Nueva York de su época. La pareja, para alejarse de las malas lenguas, había emprendido una larga luna de miel por Egipto y Francia. Cuando Astor supo que Madeleine esperaba a su tercer hijo contrató una enfermera y, junto a su ayudante y a la dama de compañía de su esposa, se embarcaron en el mejor y más seguro transporte posible, así se anunciaba, hacia Estados Unidos. El Titanic zarpaba en pocos días desde Cherburgo en su viaje inaugural. 

Cuando chocó con el iceberg en la noche del 14 de abril de 1912 Astor no le dio demasiada importancia. A fin de cuentas, era sólo hielo. No obstante, equipó a todos los suyos con chalecos salvavidas y salió a investigar. Vio la preparación de los botes salvavidas, pero creyó que estarían por el momento más seguros a bordo. Confiaba en la tecnología que había diseñado y construido la enorme nave. Pronto cambió de idea. 

Se dirigió al bote más cercano a ellos, el número cuatro. Embarcó a las tres mujeres y preguntó al oficial al cargo si, dado el estado delicado de su esposa, podría acompañarla. Recibió una negativa porque, aunque muchos hombres hubieran embarcado, lo habían instruido para evacuar mujeres y niños primero. 

En ese momento llevaba encima 2440 dólares, 225 libras esterlinas y oro y diamantes en abundancia. Al cambio de hoy, sólo en efectivo, más de 122 000 dólares. En oro y diamantes, otro tanto, si no más.  

Sólo con su nombre (Astor era el Bill Gates de entonces) se hubiera hecho un espacio en el bote. Si no, lo hubiera logrado con un fajo de billetes cuidadosamente deslizado en el bolsillo correcto. Sin embargo, valoró sus opciones, se despidió de su esposa y dio un paso atrás para contemplar cómo descendían el bote hasta el gélido mar, mientras se encendía un habano. 

Poco después, vagando por cubierta, se encontró con el escritor Jacques Frutelle, también norteamericano y que también viajaba en primera clase. Pasearon por las cubiertas observando cómo iba creciendo el caos a su alrededor. Quizá hablaron de lo prosaico del destino. De la muerte, que puede llegar como un bálsamo. 

El buque empezó a escorarse y a sumergirse por la popa.  ¿Unas personas de su altura y dignidad afrontarían su destino con entereza o morirían, como hombres vulgares, aullando? ¿Se temieron dar el espectáculo al contacto con el agua helada, agitando los brazos en el aire, lanzando alaridos y desfigurando sus rostros el miedo y el dolor? ¿Los aterrorizaba el hecho de sentir terror más de lo que lo hacía el terror mismo? 

Los acompañó, si así puede decirse, la suerte. De súbito una chimenea del transatlántico se desplomó sobre ellos. Ese golpe los sustrajo de la certeza de la agonía y les permitió afrontar la muerte con entereza, abreviadas las penas del duro trance. 

El cadáver de Frutelle nunca apareció. El de John Jacob Astor, al cabo de una semana. Cuatro meses después nació su hijo póstumo.