Por razones complejas de explicar la distribución de mi edición de Hacedor de Estrellas ha quedado muy limitada.
No me gustaría que se perdiera el pequeño ensayo sobre Paco Porrúa y Minotauro que escribí y que forma parte del libro, como epílogo, así que lo reproduzco aquí:
Hacedor de Estrellas fue traducido al español y editado por primera vez por Minotauro en 1965. Minotauro fue una legendaria editorial argentina fundada en 1955 por Francisco «Paco» Porrúa (1922-2014), quien jugó un papel crucial en la ciencia ficción en español durante los años 50s y 60s del siglo XX. Desde 2008 Minotauro es un sello dentro de la Editorial Planeta.
Paco Porrúa salió casi de la nada y se convirtió en una gran figura de las letras en español. En 1955 leyó un texto en francés que sugería un futuro brillante para un «nuevo» género, la ciencia ficción, y que elogiaba en particular al escritor estadounidense Ray Bradbury (1920-2012). Leyó en inglés a este autor estadounidense y quedó fascinado. Entusiasmado, cansado de editar enciclopedias, vio claro el camino. Tras hacerse con los derechos de sus Crónicas Marcianas y algunos otros títulos fundó una editorial para publicar obras escogidas de ciencia ficción y fantasía, sobre todo anglosajonas. Así nació Minotauro. No es, por cierto, lo único brillante que Paco Porrúa hizo, pues también fue él quien impulsó las carreras de Julio Cortázar (1914-1984) y Gabriel García Márquez (1927-2014), entre otros.
Paco, capaz de leer en varios idiomas (español, inglés, francés, italiano, alemán y portugués, al menos), no era amigo de contratar traductores. Probablemente creía que nadie mejor que él comprendería a autores tan ajenos a la literatura que por entonces se traducía y editaba en español. Como le parecía poco creíble, o poco profesional, ser a la vez el propietario, el editor, el traductor y hasta el comercial de distribución (pues todo ello era), emplearía pseudónimo para sus traducciones.
Traducía diez horas al día, según declaraba. Y era perfeccionista. Opinaba de la traducción lo mismo que Paul Valéry (1871-1945) de los poemas: que nunca se terminan, sino que uno se cansa de ellos y los abandona. Aunque predispuesto a corregir infinitamente un texto, también sabía bastante sobre pagar facturas y nóminas, con lo que, antes o después, y mejor antes, había que mandar material a la imprenta.
Tradujo al español más obras maestras que nunca nadie antes. Entre otras: La naranja mecánica (Burgess), El fin de la infancia (Clarke), Mercaderes el espacio (Kornbluth y Pöhl), El nombre del mundo es bosque y Los desposeídos (Leguin), Ciudad (Simak), Soy leyenda (Matheson), El hombre en el castillo (Dick), El color que cayó del cielo (Lovecraft), Las sirenas de Titán (Vonnegut), El día de los trífidos (Wyndham), El hobbit y El Señor de los Anillos (Tolkien), Fahrenheit 451 y Crónicas marcianas (Bradbury) y, por supuesto, también Hacedor de Estrellas (Stapledon).
Casi nadie sabía que sus traductores eran todos el mismo (él), pues usaba multitud de pseudónimos. Y lo hizo de una forma deliciosa. Las traducciones que consideraba mejores las firmaba Francisco Abelenda (éste era su apellido materno). Las buenas, pero no excelentes, las firmaba Luis Domènech (apellido de su abuela paterna). Las notables las firmaban José Valdivieso o su igualmente imaginario hermano Joaquín Valdivieso. También tenía otros traductores para trabajos no tan logrados: Manuel Figueroa, Gregorio Lemos y Ricardo Gosseyn. Incluso en un caso especial usó a Ana María Valdivieso (acaso pariente de José y Joaquín). Pero todos ellos ocultaban a Paco Porrúa, propietario, editor, traductor y comercial de Minotauro.
La traducción de Hacedor de Estrellas en 1965 la firmó Gregorio Lemos. Señal de que Porrúa no estaba completamente satisfecho de su trabajo. Por un lado, no es una novela sencilla de traducir por la alambicada cosmogonía que trata y el ascetismo que subyace. Por otro, quizá pasó algo en su vida por aquel entonces. Desde que funda Minotauro edita un promedio de tres libros por año. Pero en 1964, ninguno, y en 1965 sólo Hacedor de Estrellas. Por lo que fuera, lo cierto es que no es una traducción al español redonda. Demasiadas construcciones suenan poco naturales. En ocasiones falta la palabra precisa. De vez en cuando hay que volver al comienzo del párrafo para tratar de comprender su sentido. No me malinterpreten, no por ello su edición deja de ser fabulosa. Cuando la leí por primera vez, siendo un adolescente, quedé fascinado y no dudé de la bondad de la traducción (eso no me llegaría hasta terceras o cuartas lecturas).
Ya una década antes Jorge Luis Borges (1899-1986) había prologado para Minotauro Crónicas marcianas. Porrúa le pide a Borges un prólogo para Hacedor de Estrellas. O tal vez éste se lo ofrece, pues Borges apreciaba a Stapledon y admiraba su obra (aunque no por eso dejaba de señalar sus limitaciones cada vez que podía). Ya años antes Borges había leído Star Maker y lo había reseñado favorablemente: «Baruch Spinoza, geómetra de la divinidad, creía que el universo consta de infinitas cosas en infinitos modos. Olaf Stapledon, novelista, comparte esa abrumadora opinión». Ciertamente la literatura de Borges enlaza perfectamente con la mística de Olaf Stapledon y escribe para Minotauro un prólogo generoso con la obra y generoso, casi entrañable, con el autor. «Hacedor de estrellas es, además de una prodigiosa novela, un sistema probable o verosímil de la pluralidad de los mundos y de su dramática historia».
Hacedor de Estrellas fue un éxito de ventas y gustó también a los lectores ajenos al círculo de la ciencia ficción. No se puede decir que fuera un best seller, pero sí un long seller, lo cual es incluso mejor para los habitualmente vacíos bolsillos de un editor. Conoció numerosas ediciones y reimpresiones manteniendo siempre el mismo prólogo y la misma traducción (aunque seguro que Porrúa, de vez en cuando, iría limando por aquí y abrillantando por allá). Ahora, tantos años después, me he atrevido en esta edición a traducir el texto inglés desde cero, a redibujar los tres apéndices, a cambiar de prologuista y a añadir imágenes.
Deseo al lector que en esta puesta al día de Hacedor de Estrellas hayamos sido de su agrado tanto el prologuista, Fred Azeredo (por cierto, argentino, como Porrúa y Borges), el ilustrador, Kevin Hess, cuya obra, Star Maker. The Visual Edition, he reseñado en este mismo volumen, y yo mismo, en un papel que remeda pobremente al de Porrúa. Si no hemos conseguido mejorar la edición de 1965, deseo al menos que hayamos conseguido proyectar nuevas luces sobre esta obra inmortal e inconmensurable que es Hacedor de Estrellas.
Aquí se puede ver en su maquetación original:
