La protección excesiva de los derechos de autor no preserva el patrimonio literario: lo entierra.
Hay una paradoja en el corazón del derecho de autor moderno del que no se habla demasiado: los plazos de protección extendidos, concebidos para garantizar que los escritores y sus familias puedan vivir de ese trabajo, han terminado por condenar al olvido a la inmensa mayoría de los autores que pretenden proteger.
El mecanismo es sencillo y, al cabo, cruel. Un escritor pasa a mejor vida. Sus obras quedan bajo la tutela legal de sus herederos durante setenta años —ochenta en España para quienes murieron antes de 1987—. Durante ese tiempo, cualquier editorial que quiera reeditar su trabajo debe negociar con quienes ostentan los derechos. En el caso de los autores famosos ese proceso funciona bien, al menos los primeros años: hay agentes literarios, fundaciones, herederos conscientes de la rentabilidad del legado. Nadie se olvida de los derechos de un autor que vende o que licencia series y películas. Robyn Asimov (1955-) vive como una rica heredera y los sobrinos (Isaac Asimov no tiene nietos) ya estarán haciendo cuentas pensando en cuándo doblará su tía la servilleta. Pero para el noventa y nueve por ciento de los escritores que no son famosos ese mismo mecanismo se convierte en una trampa mortal.
Pensemos en la ciencia ficción del siglo XX, uno de los géneros más fértiles y más malheridos por esta dinámica. El ecosistema pulp estadounidense de las décadas de 1940 y 1950 produjo decenas de autores que hoy deberían considerarse clásicos menores imprescindibles para entender cómo llegamos aquí. Ejemplos. Murray Leinster (1896-1975), que firmó algunos de los relatos de primer contacto más imaginativos de la historia del género y acuñó el concepto del lenguaje universal como problema científico, lleva décadas prácticamente inaccesible en español. Daniel Galouye (1920-1976), cuyo Mundo simulado (Simulacron-3) anticipó con una precisión asombrosa el debate contemporáneo sobre la realidad simulada, existe en los catálogos hispanohablantes como una referencia de segunda mano. ¿Tiene aún la editorial Verón, que lo editó en 1973, los derechos? ¿Le interesan 53 años después? ¿Guardan aún el contrato? ¿Surgiría una demanda si llega un entusiasta y, sin más, lo publica? Quién lo sabe. Probablemente son obras huérfanas, desatendidas. Nadie las publicará por no saber a qué atenerse en cuanto a derechos (inseguridad jurídica que surge de una legislación estricta). Murray y Galouye no son casos extremos ni mucho menos, al contrario: se puede rastrear su obra. En otros casos, la mayoría, sólo hay un vacío: obra irrastreable, sucesión de derechos confusa. Mejor no publicarlos.
¿Por qué esos derechos son difíciles de gestionar? Porque el tiempo hace su trabajo. Un autor fallecido en 1970 lleva más de cincuenta años muerto. Sus hijos, si los tuvo, han muerto o rondan los ochenta años. Quizá están ya en un asilo, vaya usted a localizarlos y a explicarles. O sus derechos habrán pasado ya a los nietos, quienes quizá sean muchos, quienes quizá ya ni se hablan, porque las tuvieran gordas con la herencia del ranchito de Nebraska del abuelo, quienes quizá residen en países distintos, quienes quizá desconocen que tienen en su mano una fracción de un legado literario. Primero, localizar a todos los titulares; segundo, obtener su consentimiento unánime —o la mayoría necesaria, según el derecho aplicable—; tercero, negociar un contrato que tenga sentido económico para todos… El coste de transacción de esa operación supera con frecuencia cualquier beneficio previsible (recordemos que no hablamos del top 1% de autores, sino del grueso de ellos). El resultado es que nadie lo intenta, el libro no se reedita y el autor se olvida. Sus derechos están perfectamente vigentes y perfectamente inaccesibles.
R.A. Lafferty (1914-2002), uno de los prosistas más originales que ha dado la ciencia ficción norteamericana, cuyos relatos combinaban filosofía irlandesa, cosmología extravagante y humor metafísico de una manera que no tiene parangón, es prácticamente un autor clandestino porque sus derechos quedaron repartidos entre decenas de parientes lejanos (se hablaba de unos cuarenta)… ahora parece que Locus ha conseguido reunirlos y quizá enderecen el enredo.
Incluso los casos bien gestionados de un casi primer espada, como Cordwainer Smith, desembocan en un fracaso parcial. Cordwainer Smith es el seudónimo de Paul Linebarger (1913-1966), diplomático y experto en guerra psicológica, quien construyó un universo extraño y hermoso, los señores de la instrumentalidad, una humanidad futura de catorce mil años de antigüedad poblada de animales “upliftados”, castas religiosas y personajes de nombre musical. Sus relatos, que Stapledon habría apreciado, se editaron por última vez en español en 2006. Supongo que serán hoy difíciles de encontrar. ¿Sobrevivirá su recuerdo hasta 2047, cuando puedan ser editados de nuevo por alguien que no sea Ediciones B, que no parece tener ni el mínimo interés? Es un caso casi de éxito porque su hija, Rosana Hart (1942-), gestiona el legado con buena voluntad (https://cordwainer-smith.com/), pero incluso a ella se le acaba el tiempo de vida. ¿Quién reivindicará luego a su padre? ¿Dónde buscar entonces derechos si un editor entusiasta quiere traerlo de nuevo a la vida? Estos plazos largos demuelen el legado.
Un plazo de veinte o veinticinco años protegería mejor al escritor sin dejar desprovistos a sus deudos. Si el autor o autora mantenía el hogar, con veinte o veinticinco años de protección y royalties una viuda o viudo saca adelante a los hijos pequeños y se asegura un futuro. Es el periodo en que esa protección tiene un sentido real, un sentido humano. Pasado ese tiempo, la obra quedaría libre y cualquier editor podría publicarla. Si el autor merece la pena habría reediciones y cualquier lector, no sólo uno que rebusca por el rastro, podría acceder a su obra. El autor viviría en la memoria porque habría libros suyos en las estanterías.
Con el sistema actual los grandes autores son inmortales porque sus derechos son rentables y alguien los gestiona. Los demás son condenados a setenta u ochenta años de limbo: demasiado muertos para ser publicados y demasiado vivos aún (legalmente) para ser publicados. El copyright del siglo XX no ha preservado el patrimonio literario de la ciencia ficción, sino que lo ha enterrado con una precisión burocrática que ni un censor motivado hubiera igualado. Es absurdo.
